El nadador profesional - cuento

El nadador profesional

(Un día en la vida de un nadador profesional)

“Esta, si va a ser una buena nadada”, pensó, mientras estiraba los músculos de los brazos y las piernas.

En realidad, no iba a competir con nadie, contra nadie. Mas bien, lo hacía para superar sus tiempos. Su historial.

Tomó posición. Se inclinó. Se agachó. Se aventó. Empezó su nadar.

Nadó días. Con fuerza.

Mientras nadaba, pensaba en su trabajo, en sus compañeros. En los proyectos pendientes, las fotografías que hubiera querido hacer de distinta forma. Las llamadas con los clientes que le debían dinero. Los clientes nuevos, que le exigían más tiempo. En su equipo de trabajo. En su computadora nueva; en la vieja también.

Pasaron semanas y él seguía nadando. Firme.

Pensó en su nuevo hábito: el ejercicio. Éste lo mantenía alejado de ciertos amigos y ciertos perfiles de fines de semana, que le consumieron buena parte de un sábado o un domingo, en donde el día le pasaba de noche en algunas ocasiones.

Las semanas se hicieron meses y su brazada, ya no era tan firme, pero sí constante.

Recordó su adolescencia, donde la diversión lo era todo. La música, los amigos, la novia, los viajes. Le recordaba buenos momentos: la música le recordaba a su banda, esos amigos con los que todavía convivía, aunque ya casi no tocaban nada. La novia… uff, que intenso era poder hablar horas por teléfono con ella de cualquier tema; como disfrutaba su voz. Y los viajes. Aunque eran de mochilazo, le permitían conocer muchos lugares, que quizás no vuelva a ver, pero que le dieron mucho color y sazón a su vida.

Poco a poco, su brazada fue mermando. Seguía nadando, si, pero más por inercia que por ganas. Aunque adoraba nadar, ya no tenía el mismo sabor. Siguió nadando. Cada vez con menos fuerza.

Y volvió a pensar en lo que le gustaba. La selva, la naturaleza. Recordó los viajes a Xilitla, en la sierra de San Luis Potosí. Algunas veces con muchos amigos, otras casi solo. Esa casa del inglés, tan mezclada con el medio ambiente, a un lado del río, de las pozas, como se entrelazaban las construcciones de concreto, los bamboos, las manos, el anillo, las víboras, las escaleras que parecían laberinto y por supuesto, el castillo, todo le daba un aire tan místico, tan envolvente. “Y ahora que parecía tan calmo, debió haber estado lleno de gente cuando estaba construyendo Sir Edward James” pensó, como si estuviera literalmente en la entrada del castillo. Impresionante. Muy disfrutable.

Su cuerpo, su mente, se estaban cansando. Los brazos seguían moviéndose, pero empezaban a doler. Había que nadar. Lo sabía… y lo hacía.

Entonces pensó en el amor de su vida. Esa mujer que lo iluminaba. Que era su mitad. Que necesitaba paz. Mucha paz.

Y el nadador profesional creía… y a pesar de todo, tenía la ilusión de llegar.

… y siguió nadando.

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7 years ago

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